Del cuaderno de notas.
Por Juan Giralt
Aspiro a que mi obra refleje lo que pienso sobre la pintura.
Dejo los cuadros largo tiempo en el taller, y los someto a revisiones periódicas, cambios y correcciones. Me gusta la pintura muy machacada. Los cuadros pintados sobre la tela en un proceso directo parece que conservan la vida y la energía acumulada durante las sesiones de trabajo: tienen su propia historia, mienten, ocultan cosas, a veces por un resquicio dejan adivinar lo que fueron, presumen de algo muy evidente a primera vista y, sin embargo, su razón de ser está en la elegancia con la que ocultan un banal desarrollo previo.
Me disgustan los cuadros “pasados a limpio”.
Con frecuencia me sirvo en la pintura de pequeños collages. Con ello busco introducir un elemento antagónico a la estructura formal del cuadro. A veces integro viejos retratos de almoneda, atraído por la posibilidad de darles nueva vida en otro espacio, introduciendo, de paso, una contaminación sentimental a la que soy ajeno.
Para trabajar, procuro situarme ante la tela en un estado muy receptivo, y, así, manchando y estructurando el lienzo, espero la visita de un "tercer brazo" capaz de sorprenderme. Lo deseable es que estas visitas sean frecuentes, pues no hay nada peor que los tics que da el oficio, las técnicas y los procesos de trabajo.
Para que el cuadro valga la pena tiene que escaparse de tu control.
La selva de la pintura es tan compleja que los pintores tendemos a encerrarnos en espacios limitados, armados con nuestras propias reglas. Hay que evitar, sin embargo, que esos códigos se conviertan en dogmas. Ninguna postura excluyente merece ser defendida. La pintura debe profanar cualquier planteamiento teórico. Permeable a todo tipo de contaminaciones, la contradicción y la duda la enriquecen.
Por lo general los cuadros mejoran por eliminación. Pero, como el "menos es más" a menudo linda con el "a menos, menos riesgo", procuro encontrar el equilibrio entre un orden muy primario y otros elementos más turbios y emocionales. El resultado es un orden que se sostiene en una geometría engañosa de líneas torcidas.
Siento rechazo por la carga literaria con que se adorna la pintura. Mis títulos surgen a posteriori y obedecen a asociaciones de ideas o están motivados por el uso de algún elemento evidente o subconsciente.
El tiempo diluye, borra o trastoca las intenciones y limitaciones con que fueron creadas las pinturas. Colgada donde quiera que sea, desnuda de todo condicionamiento, la pintura se basta a sí misma, cómplice con los ojos que saben mirarla.
Aborrezco las palabras abstracto o figurativo, especialmente aplicadas a mi trabajo, y aborrezco el empeño de los que quieren explicar la historia de la pintura como un desarrollo encadenado de conquistas que culminan en los vertiginosos istmos del siglo XX.
En el viscoso piélago de mi tiempo detenido flotan entremezclados Guston y Uccello, Mondrian y Velázquez, los grabados de Utamaro y los anónimos retratos de Alfayum. Nosotros, los pintores, merodeamos alrededor.
Junio de 2003